De simples, ignorantes y estúpidos

Mi columna de Invertia de esta semana se titula «La sociedad del simplismo» (pdf), y trata el tema que sin duda más me preocupa con respecto a la evolución de la sociedad en eso que llamamos pomposamente «la era de la información»: la total desconexión entre la educación y el contexto tecnológico, que conlleva que varias generaciones hayan aprendido a gestionar ese contexto por su propia cuenta y riesgo, apoyándose en otras personas tan ignorantes como ellos, o simplemente no aprendiendo y utilizándolo sin ningún tipo de criterio.

Antes de la popularización de internet, una persona ignorante sabía que lo era, y generalmente, actuaba en consecuencia, se reconocía ignorante y actuaba con cierta prudencia, o si no lo hacía, era reconocido universalmente como un estúpido, como alguien que habla de todo pretendiendo sentar cátedra sin tener ni idea. La evidencia era sencilla: para saber de algo, necesitabas obtener un conocimiento y una experiencia, lo que suponía un proceso complejo, largo y esforzado: acudir a bibliotecas, leer, hablar con expertos, etc.

Después de la popularización de internet, la tecnología que nos prometió acceso a todo el conocimiento en unos pocos clics pero que nos negamos a introducir en el proceso educativo para dotar de la necesaria experiencia y destreza en su manejo a toda la sociedad, cualquier ignorante se cree que, por haber hecho un par de clics y visto pasar un par de memes, sabe de un tema. Llevados por la simplificación extrema y por unos mecanismos sociales que refuerzan las cámaras de eco y te rodean de contenidos con los que buscas estar de acuerdo, las personas pasan a fiarse únicamente de una intuición generalmente errónea y del hecho de que pueden acceder a muchas opiniones que supuestamente les dan la razón (y les recompensan con dopamina si son incluso más vehementes defendiendo ese punto de vista, aunque sea radicalmente erróneo o directamente estúpido), y a partir de ahí, se dedican a ir por el mundo repitiendo esos mismos memes como consignas, independientemente de que lo que tengan delante sea otro ignorante como ellos, o un experto en ese campo que haya dedicado toda su vida al tema.

La inmensa mayoría de los que objetan a muchos temas mínimamente complejos utilizan supuestos razonamientos no resisten ni medio asalto ante la ciencia, la lógica o la razón. Ante la ausencia de educación en el uso de las herramientas para informarnos, la sociedad se ha llenado de simples, de ignorantes o directamente de estúpidos, tres calificativos que ahora se otorgan únicamente en función del nivel de vehemencia. Y lo peor, es que tanto simples, como ignorantes, como estúpidos votan, y su voto vale lo mismo que el de una persona responsable y bien informada: de ahí el auge de los populismos y la radicalización de la sociedad. Al cometer la irresponsabilidad de eliminar del proceso educativo el contexto tecnológico y dejar que los ciudadanos supuestamente se «auto-eduquen» en él con el ideal de Jean-Jacques Rousseau del «buen salvaje«, hemos dado lugar a una sociedad muchísimo más fácil de manipular, de convencer de estupideces, incapaz de argumentar con propiedad y de protegerse de ideas planteadas en muchas ocasiones de manera atractiva, pero carentes de todo fundamento.

Este proceso ha tenido lugar a lo largo de muy pocas generaciones, y cualquiera que tenga un mínimo de perspectiva entre antes y después de la popularización de internet puede percibirlo perfectamente. Pero ahora la sociedad se divide entre los simples, ignorantes y estúpidos fácilmente manipulables, y toda una cohorte de supuestos profetas que pretenden manipularlos. Internet se ha convertido en el mecanismo que permite o bien programar, o ser programado, y la educación que debería habernos permitido aprender a evitarlo nunca llegó a estar ahí. «No, mejor los libros, que así no se distraen».

Ahora llega el machine learning y la algoritmia generativa, a entregar respuestas todavía con menos esfuerzo aún, sin tener siquiera que escoger entre diez enlaces. Y de nuevo, en lugar de servir para que aprendamos a manejarla y accedamos a todas las fuentes del conocimiento, servirá para que, como idiotas, leamos un párrafo muy bien escrito y creamos que sabemos, que somos expertos en cualquier tema. ¿Quieres participar en una tertulia sobre física cuántica? No hay problema: «ChatGPT, explícame la física cuántica como si fuera un niño de cinco años». Mientras, los profesores de Física, alarmados, comentan que ChatGPT comete errores básicos de Física en sus respuestas… errores que, obviamente, ya aparecían en el conjunto de datos con el que fue entrenado el algoritmo. Y que aparecerán cada vez más, a medida que más páginas sean generadas con ese mismo algoritmo.

Suelo ser un optimista casi patológico. Pero ha bastado un rato en Youtube expuesto a sus comentarios para que se me pasase. Sinceramente, si fuese uno de los responsables de YouTube, me suicidaría. Empiezo a pensar que esto tiene poco remedio.

Deja un comentario