El dólar, la inflación y las inversiones sostenibles

Mi columna de esta semana en Invertia se titula «El privilegio americano» (pdf), y habla de lo positivos que están siendo tanto para los Estados Unidos como para la administración Biden los resultados de la fortísima inversión realizada en la llamada Inflation Reduction Act promulgada en 2022, que destinó 369,000 millones de dólares a inversiones para remodelar el tejido energético y hacer frente a la emergencia climática, con dotaciones de hasta 7,500 dólares en créditos fiscales para adquirir un vehículo eléctrico, todo ello con un horizonte de diez años y la idea de reducir las emisiones del país en un 40%.

Muy pocos países pueden acometer una inversión como esa. En realidad, acciones tan ambiciosas como esa están reservadas a países muy bien capitalizados y, sobre todo, protegidos por el hecho de poder ser ellos mismos quienes imprimen los billetes que el resto del mundo acepta sin pestañear, es decir, la llamada moneda de reserva.

Ese privilegio es lo que ha permitido a los Estados Unidos, por ejemplo, hacer frente a una pandemia en un país con muy pocas protecciones sociales para sus ciudadanos simplemente dedicándose a enviar cheques a los hogares y cuentas bancarias de todos sus ciudadanos, dinero que provenía, simplemente, de la máquina de imprimir de la Reserva Federal. Obviamente, esto generó una gran inflación, que en junio de 2022 alcanzó el 9.1% y produjo fuertes elevaciones en el precio de productos básicos como los huevos, los lácteos o los carburantes.

¿Qué hacer para convertir un problema en una ventaja? Simplemente, utilizarlo como pretexto. Una gran parte de la población norteamericana alberga ideas conspiranoicas absurdas y acientíficas que pretenden que la emergencia climática no existe y que se trata de algún tipo de invento progre para obligarles a cambiar su modo de vida. Esas personas, probablemente, protestarían ante una fortísima dotación de recursos planteada para paliar un problema que creen que no existe, pero en modo alguno protestarían contra una medida para paliar la inflación, porque la inflación es algo que preocupa y perjudica a todos.

Así, Biden planteó su iniciativa como un paquete legislativo para reducir la inflación, pero lo hizo anunciando fortísimas inversiones en la descarbonización del tejido de generación de energía, en la electrificación del parque automovilístico, en paneles solares, aerogeneradores y baterías. ¿Qué ocurrió? Que semejante inversión, efectivamente, cambió la economía norteamericana y la dinamizó hasta el punto de generar 278,000 millones de dólares y 170,600 puestos de trabajo, dando lugar así a una fuerte reducción de la inflación, que en julio de este año 2023 se situaba ya en el 3.2%.

¡Sorpresa! ¡Trabajar en la descarbonización de la economía y proponer soluciones a una emergencia climática cada vez más preocupante y evidente es algo que, además, resulta rentable y ayuda a la economía! ¿No es interesante? ¿A qué se debe algo así?

Sencillamente, al hecho de que jubilar una tecnología tan sucia e ineficiente como los combustibles fósiles y el motor de explosión (que convierte en movimiento menos de un 20% de la energía obtenida en la combustión, disipando el resto en forma de calor) y utilizando en su lugar la electricidad es algo que no solo funciona, sino que además, es susceptible de crear muchísimos puestos de trabajo, fuertes inversiones y una reducción de la inflación.

De acuerdo, solo países con un privilegio tan importante como los Estados Unidos pueden plantear acciones de semejante envergadura. Pero es que muchos otros países, más pequeños, no necesitan semejante volumen de inversión, y de hecho, están ya acometiendo acciones similares. China, por ejemplo, está trabajando para duplicar su capacidad de generación de electricidad renovable mediante paneles solares y aerogeneradores eólicos en 2025, cinco años antes del objetivo de 2030 que se había planteado originalmente. ¿Por qué lo hace? No porque se haya convertido en un apóstol de la lucha contra el cambio climático, sino porque le resulta enormemente rentable: sencillamente, la energía solar y eólica es muchísimo más barata y genera muchos puestos de trabajo.

A nivel privado ocurre exactamente lo mismo: en el Reino Unido, los hogares han instalado números récord de bombas de calor – las conocidas en España como «aerotermia» – y de paneles solares. ¿Por qué? Simplemente, porque funcionan y permiten que esos hogares se ahorren mucho dinero en consumo de gas y de electricidad. Cada vez son más los que, como en mi caso, nos dedicamos a descarbonizar nuestros hogares, tanto por una cuestión de responsabilidad como por una de ahorro y sentido común.

El futuro limpio está llegando más rápido de lo que se esperaba, y lo está haciendo no por una cuestión de responsabilidad climática, sino simplemente porque vale la pena económicamente. Ahora, queda que otros países que no tienen el privilegio de imprimir la moneda con la que pagan sus deudas se den cuenta de que este tipo de programas ambiciosos de descarbonización y lucha contra la emergencia climática se den cuenta de que pueden, en lugar de un sacrificio económico, ser la solución a problemas como la generación de puestos de trabajo o la inflación elevada. Un cambio que muchos políticos, sobre todo a los negacionistas ultramontanos, seguirán negando aunque las pruebas estén ya encima de la mesa.

¿Para cuándo políticos que entiendan realmente lo que está pasando, y hasta qué punto la mayor transición tecnológica de la historia de la civilización humana resulta inevitable y urgente? ¿Y para cuándo votantes que también lo entiendan y lo exijan?

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