La conducción autónoma es ya una realidad… que genera sus resistencias

En la imagen, un humilde cono de tráfico de los que se usan generalmente para advertir de un peligro, señalizar unas obras o un obstáculo. En conducción autónoma, esos humildes conos de tráfico tienen una importancia muy elevada, y los distintos fabricantes compiten por conseguir que sus algoritmos no solo los detecten adecuadamente – aún recuerdo cuando una de las actualizaciones periódicas de software de mi coche, más de dos años después de haberlo adquirido, hizo que los empezase a ver y a visualizar en su pantalla – sino que, además, sepan interpretarlos y decidir qué deben hacer ante ellos, una tarea que, desde el punto de vista del machine learning, es mucho más compleja de lo que parece.

Ahora, esos humildes conos de tráfico son, además, una herramienta de activismo y resistencia de modernos luditas que protestan contra la progresiva adopción de la conducción autónoma: han descubierto que si se deja un cono de tráfico sobre el capó de un coche autónomo, este se detiene completamente, y se dedican a hacer la gracia viral de inmovilizar vehículos por toda la ciudad, una acción que las compañías que los explotan califican como «vandalismo».

Vandalismo o travesura puntual sin más importancia que tener que retocar un poco el algoritmo, esos luditas tiene de qué preocuparse: los vehículos autónomos han pasado de ser una extravagancia aislada y con conductor de seguridad hace algunos años, a tomar ahora las ciudades con flotas cada vez más grandes de vehículos vacíos que recogen a cada vez más personas y las transportan a sus destinos, con compañías como Waymo y Cruise extendiendo constantemente su número de vehículos, las ciudades en las que operan y sus áreas de servicio, y con otras muchas lanzando sus servicios en otros países o para otros usos como la logística. Cada vez más, ciudades en California, Arizona y otros estados empiezan a llenarse de vehículos autónomos operando de manera completamente normal, algo que por cuestiones regulatorias e ideológicas tardaremos aún bastante en ver en Europa.

Pero por supuesto, la tecnología siempre genera resistencia: sus detractores hablan de vehículos que obstaculizan el tráfico y que son peligrosos porque atropellan a personas y animales, aunque las estadísticas los contradicen completamente: en más de un millón de millas, dos accidentes menores y dieciocho episodios de contacto menores que no alcanzan la consideración de accidentes, todo ello sin que nadie haya resultado lesionado. Momentos curiosos, policías confundidos y algoritmos en ocasiones atascados puntualmente, algo completamente normal en una tecnología en desarrollo, pero con una corrección muy notable en su gestión.

Ahora, la policía reclama poder utilizar vídeo tomado por las múltiples cámaras de esos vehículos autónomos para intentar investigar la comisión de posibles delitos, algo que habrá que estudiar cuidadosamente desde el punto de vista de los derechos civiles – lo pienso cada vez que miro las imágenes de aceras, calles y transeúntes que está captando mi coche en tiempo real – y, obviamente, eso demuestra hasta qué punto esos vehículos se están convirtiendo en parte del paisaje habitual de las ciudades en las que circulan.

Ahora, para intentar parar la evolución hacia una conducción autónoma que será capaz de evitar millones de muertes en accidentes de tráfico todos los años, sus luditas detractores se dedican, patéticamente, a poner un cono de tráfico sobre un coche y subir la foto a redes sociales. Tecnología y resistencias, una relación habitual a lo largo de la historia en la que, invariablemente, siempre termina ganando la primera. Y menos mal que es así.

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